El legado que nos deja Patricio Segura
Chile perdió a uno de sus grandes pensadores ambientales: Patricio Segura Ortiz, periodista, investigador y activista, una de las voces más constantes del movimiento socioambiental chileno de las últimas tres décadas. Fue vocero de Patagonia Sin Represas, la campaña ciudadana que derrotó a HidroAysén, y presidió el Colegio de Periodistas de su región. Hoy compartimos acá algunas de las ideas centrales de su legado.
Su última columna no fue sobre represas, ni sobre salmoneras, ni sobre el poder. Fue una carta de amor. Se la escribió a su esposa, la dirigente social Miriam Chible, hospitalizada por hantavirus, y fue leída junto a su cama: le pedía que volviera a casa, que ese sería el mejor regalo de cumpleaños. Días después, el 21 de agosto, el mismo virus se lo llevó a él. Tenía 54 años.
Fue, además, prolífico como pocos. Solo en El Mostrador firmó unas 130 columnas entre 2011 y 2022. En CIPER publicó 17 piezas a lo largo de una década, entre investigaciones y columnas. Fue colaborador permanente de El Divisadero en Coyhaique, y escribió también en Cooperativa, El Ciudadano y El Periodista. Pasó por casi todos los temas del Chile ambiental: represas, salmoneras, agua, loteos rurales, turberas, hidrógeno verde, la Constitución, los medios, la inteligencia artificial. Y nunca escribió para cerrar la discusión: escribió para abrirla, invitando a cada lector a participar de la conversación, sin cansancio. Hasta marzo de este año andaba celebrando el nacimiento de una radio comunitaria en Coyhaique.
Pero su argumento más difícil de refutar no estaba en sus columnas. Estaba en su vida. Vivía en el la región cuya naturaleza defendía. Trabajaba junto a Miriam en el restaurante familiar de Coyhaique, cocina hecha con materias primas de la zona. No le pedía a nadie una consecuencia que él no estuviera pagando primero.
Y escribía como vivía: sin atajos. Sus columnas eran carpetas de pruebas. Documentos obtenidos por transparencia, resoluciones, cifras contrastadas, nombres propios. Cuando en el Senado se dijo que la ley que protege las turberas dejaría sin sustento a veinte mil familias, Patricio fue a buscar el dato: el registro oficial certificaba 1.357 recolectores. Verificar era su forma de forzar un debate serio.
De ese método salía su idea central, la que ordena todo lo demás.
El problema ambiental es un problema de poder. Escribió sobre quién decide qué se hace con el agua, la tierra y la energía, y con qué legitimidad. Su vara era simple: un permiso firmado en Santiago no equivale al consentimiento de la gente que va a vivir las consecuencias.
Y lo probó en la cancha. Patagonia Sin Represas fue una pelea de David contra Goliat: una coalición ciudadana nacida en Aysén y tejida por todo Chile contra las mayores generadoras eléctricas del país. Ganó David, con las armas de David: paciencia de años, la convicción de estar en el lado correcto de la historia, y el oficio de parecer fuerte cuando se es débil. Esa pelea la ganamos todos, incluso los que entonces no estaban mirando.
De esa idea madre se desprende su lección más incómoda.
Lo verde no es sinónimo de lo bueno. Patricio desconfiaba de los relatos que nos quieren vender, vinieran de donde vinieran. Lo aplicó a las represas, pero también a sus reemplazos de moda: la electromovilidad enchufada a una matriz a carbón, el hidrógeno verde decidido desde Europa, las parcelaciones "de conservación" que fragmentan lo que dicen proteger. El núcleo filosófico es más hondo que cada caso: una solución que no cambia quién decide ni cuánto consumimos no resuelve el daño, lo redistribuye. Se puede discutir sus juicios uno a uno, pero la pregunta que dejaba instalada es la que importa: ¿esto es con la comunidad, o sin ella? ¿Cambia el modelo, o solo le cambia el color?
Ese mismo escepticismo lo llevó, al final, a los temas que más nos duelen hoy. Escribió sobre la mentira que se volvió deporte nacional y sobre lo que se rompe en una democracia cuando la verdad es negociable. Escribió sobre el ascenso de las ultraderechas como amenaza climática directa, porque un mundo fragmentado en rivalidades no coopera, y sin cooperación no hay clima que se estabilice.
Y entre sus últimas columnas, dos fueron sobre inteligencia artificial. En una advirtió contra la tentación de delegar el pensamiento en las máquinas: el pensamiento crítico, escribió, nunca pasará de moda. En la otra reivindicó la otra IA, la Inteligencia Ancestral: el conocimiento de los pueblos originarios, construido con siglos de observación paciente del territorio, que la ciencia descalificó como superstición y hoy confirma tarde.
Patricio dudaba de que la inteligencia artificial nos fuera a salvar. Esa es quizás su invitación más vigente: a quienes nos entusiasma la tecnología verde, también nos toca pensar críticamente. El mejor homenaje que podemos hacerle es ese: trabajar como si él fuera a revisar cada una de nuestras tesis.
En su última columna de ideas, publicada días antes de enfermar, dejó escrita una frase que hoy se lee distinta: nadie se construye solo.
Quédate con esta imagen: un hombre en su campo, en el frío de Aysén. Patricio no se fue al sur como quien se retira del mundo: vivir cerca de la tierra, en regiones, es también una forma de rebelión. Porque nunca olvides contra qué nos rebelamos : un mundo donde el afán de perpetuar el petróleo sigue alimentando guerras, y donde las nuevas tecnologías, que prometían liberarnos, se usan para controlarnos unos a otros; donde unos pocos se vuelven más ricos a costa de la reducción de los estándares de vida de todos los demás; y donde los ecosistemas colapsan mientras quienes intentan protegerlos son criminalizados.
Frente a eso, existe una diversidad de formas de activismo. La marcha y la huerta. La investigación periodística y la radio comunitaria. La columna y la cocina con lo que da la tierra. Todas parten igual: pensar distinto para actuar distinto. Responde en consecuencia, a tu propio modo, como respondió Patricio: se quedó, echó raíces, verificó, escribió. Treinta años.
Meses atrás, Patricio escribió que el principal legado de la famosa bióloga Rachel Carson fue prestar atención a las otras voces. Esa es también su estirpe: la del ambientalismo grande del Cono Sur, pensadores que movilizaron a otras voces, que le enmendaron la visión a más de un político y que demostraron que la ciudadanía organizada es, a veces, el único límite real que conoce el poder. Patricio acaba de sumarse a ese legado. Ahora es nuestro.
Para leer a Patricio. Cinco columnas que muestran su rango:
- La investigación de los conflictos de interés en la votación de HidroAysén (CIPER, 2011)
- La humanidad desnuda, su ensayo en plena pandemia (CIPER, 2020)
- Paciencia que vale oro, su investigación sobre los derechos de agua de Puerto Guadal (CIPER, 2020)
- Jugando al Monopoly verde en la Patagonia, su serie sobre conservación de élite y megaloteos (El Divisadero, 2022)
- Que retorne el canto de las aves, su homenaje a Rachel Carson (El Divisadero, 2025)
Comments ()