«El agua de los ríos se pierde en el mar»: la frase culpa a los ríos. La que de verdad botamos es otra.
Hace dos años estuve en Ghana, en África, visitando una planta que agarra lo que mandamos por el desagüe y lo convierte en electricidad, gas y abono. El hombre que la dirigía se presentó estirándome la mano: «Soy el jefe de recolección de caca». Lo dijo para llamar la atención.
Lo consiguió. Y cuando le pregunté por qué hablaba así, sin rodeos, me dejó una frase que no se me ha ido: «Ustedes sí pueden darse el lujo de tirar sus desechos al mar. Nosotros no.»
La frase me quedó dando vueltas. Porque en Chile tenemos una versión nuestra, y es más cómoda: acá el agua no se bota, sino que «el agua de los ríos se pierde en el mar». Sola. Sin que nadie la tire. Es el comodín que reaparece cada vez que la política se acuerda de la crisis del agua y quiere sutilmente instalar a los embalses como solución —lo ha dicho hasta la máxima autoridad del país.
Lo han desmentido mil veces. Los científicos llevan años repitiendo lo mismo: un río que llega al mar no desperdicia nada. Alimenta la costa, sostiene los ecosistemas, mueve los nutrientes de los que dependen hasta los peces que comemos. Es el ciclo del agua funcionando como debe.
Hasta ahí, la corrección de siempre. Pero hay una vuelta que casi nadie da. Si el río no es lo que perdemos, ¿entonces botamos agua o no? ¿Y dónde?
Resulta que casi toda el agua que usamos en las ciudades se trata: pasa por plantas que la limpian antes de devolverla a la naturaleza, como muy bien Juan Carlos Bodoque describe en su famosa Nota Verde. Y de esa agua tratada, cerca de tres cuartas partes vuelve a los ríos y se sigue aprovechando aguas abajo: riego, ecosistemas, otros usuarios. Tampoco se pierde. Lo que sí sale de verdad del sistema es otra parte: la que se va al océano por los emisarios submarinos, esas tuberías que la sueltan mar adentro. Esa, una vez afuera, no vuelve.
¿Cuánta es? De toda el agua que usamos y mandamos por el desagüe, más o menos uno de cada cinco litros termina en el mar. Suena a poco, pero no lo es: son unos 270 millones de metros cúbicos al año. Más de cien mil piscinas olímpicas, vaciadas al océano, todos los años.
Reutilizar esa agua no va a resolver la sequía por sí sola —es solo una cosa entre muchas que tendríamos que hacer—. Pero es una cosa concreta, y posible. De hecho, justo ahora hay un proyecto de ley en el Senado para rescatar parte de ella antes de que llegue al mar (Boletín 17.329-09) . Me tocó trabajar en una versión anterior de esta idea, hace años, cuando asesoraba en el Senado. Aquella apuntaba más alto: fijaba metas y resguardos que esta descartó desde un comienzo. Por eso verla avanzar me deja con algo sentimientos encontrados —es más modesta, y ni siquiera la veo aún con el respaldo pleno del gobierno—. Pero esta vez se mueve, al menos un poco. Y eso, después de tanto, igual se siente bien.
Así que la próxima vez que escuches que «el agua se pierde en el mar», pregunta: ¿cuál agua? Los ríos hacen su pega. El agua que devolvemos a los cauces, también. Lo que de verdad desperdiciamos es el agua que botamos al mar por 33 emisarios submarinos. Tratada con un estándar que no se ha actualizado en años —justo cuando podríamos limpiarla bien y usarla.

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